No se si vosotros también tenéis recuerdos de infancia comiendo o desgranando granadas. Yo si. En ese tiempo en el que parecía que todo funcionaba más despacio, mi abuela encontraba siempre un rato para sentarse conmigo bajo un ciruelo –  entrado el otoño cuando ya refrescaba –  con su toquilla en los hombros, mientras me contaba historias y  me enseñaba paciente a desgranar las granadas. Sus manos delicadas me hipnotizaban, con la delicadeza que lo hacía ella y el trabajito que a mi me costaba. Al crecer, y hasta al madurar (que ya me han caído los 43) , me doy cuenta de que como todo,  es más maña que fuerza. Y  tiempo, ese tiempo que hay que robarle a la vida para estas pequeñas cosas. Instantes llenos de magia, de añoranza , de recuerdos entrañables causantes de que me sorprenda esbozando una sonrisa mientra preparo la granada.

Las del campo todavía no están maduras del todo, pero nos gustan tanto en ensaladas, que no me resistí y tuve que comprarlas. Refrescantes, crujientes, y la mejor fruta antioxidante nos ayuda a limpiarnos por dentro después de los excesos del verano y nos pone el cuerpo a tono , para evitar los resfriados de otoño. Si lo digo siempre, la naturaleza es muy sabia.

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